Bienvenidos a divinalola.com, una puerta que quedó medio entreabierta a la cabeza de una mujer que, a causa de esas cosas que nos suelen suceder por tener corazón y un cerebro que le tira letra, decidió inmortalizar cada una de sus experiencias en una pila de cuadernos que hoy descansan debajo de su cama. No es casual que estén ahí, dado que la cama es el escenario en el cual transcurren todos los eventos de los que vas a ser testigo a continuación.
La cama de Lola es bastante cómoda. Es de una plaza, tiene un acolchado medio celeste y, a veces, hay algún que otro peluche recostado en la almohada. La cama de Lola tiene olor a sexo, según ella. Igual eso es algo que nunca pude comprobar, quizás porque nunca pongo demasiado empeño en afinar el olfato cuando estoy en su cuarto. En fin, la cama de Lola es dónde ella volcó durante años y años, en un pedazo de papel, las consecuencias de llevar una vida un poco accidentada. De todas formas, no te vas a encontrar con demasiados detalles acerca de aquella salida al cine con Wen, su primera vez en el sillón de casa o aquella siesta en la bañera que terminó en una visita al hospital. Te vas a encontrar, sí, con lo que pasó por su cabeza en esos momentos, que no siempre se condice con la realidad. De hecho, vas a empezar a conocer a Lola de la forma en que no conocés ni a la persona que mejor conocés; de la forma en la que nunca queremos que nos conozcan: vulnerables, despiadados, impuros, humanos.
Lo primero que conocí de Lola fue su culo. Fue en un cumpleaños y, cuando me abrieron la puerta, estaba de espaldas, entrelazada con otras dos chicas de ascendencia asiática formando una única figura, un poco grotesca, un poco escultural, porque le había tocado “mano izquierda en rojo” o algo así. Cabe destacar que las mujeres como Lola, si es que hay alguna otra dando vueltas por ahí, tienen muy pocos miramientos a la hora de jugar al Twister en pollera. Tiempo después me confesó que había cumplido una de sus fantasías. Al rato de saludar a su culo, la saludé a ella, y a las pocas horas ya me estaba mostrando, cerveza de por medio, unas fotos que había subido a su fotolog, en las que estaba desnuda. Hoy tenemos una relación muy linda.
Lola tiene un novio al que llamaremos Wen. No sé por qué, pregúntenle a ella. Lola y Wen hacen linda pareja, eso sí, y dado que propusimos la cama como escenario, no está de más mencionar a los protagonistas de este culebrón psicológico. Wen es el anti-héroe, la rema como puede mientras carga con una cruz que, con los años y paradójicamente, cada vez parece pesar más. María de las Flores Pútridas es una chica con ningún rasgo en particular que merezca ser mencionado, salvo que, por esas cosas que pasan y que uno no controla, le tocó ser némesis y objeto de las múltiples pasiones de Lola; quizás, incluso, hasta más que el propio Wen. Y quizás quien escribe esto también aparezca en algún momento y conozca su reflejo en la mente de la autora, pero, en definitiva, todos somos personajes secundarios en una historia que se centra en una sola persona. ¿Que cuál es el papel de Lola, a todo esto? Yo diría que el de villana.
Media sonrisa de potus.
Lola es protagonista en una historia sin héroes, hilada con paciencia a través de noches incansables plagadas de noche, alplax ® y olor a sexo. Lola fabricó cada entrada al son del rechinamiento de sus dientes de perro, ignorando que algún día ibas a tener la posibilidad de conocerlas.
Te invito, entonces, a que conozcas a Lola como quiere que la conozcas (vulnerable, despiadada, impura, humana), y, si ya tenés la suerte de formar parte de su vida, te propongo que te sumerjas en ella de clavado para lograr comprender, mientras te abrís paso entre sus noches y sus dolores, por qué la queremos tanto. No, lo de “dolores” no fue un juego de palabras. Ella se llama Lorena.
-Juana (alias “el potus”)
“ese amigo que siempre te dice lo que querés escuchar”.
