De la inevitabilidad del destino: Dos zorras atadas por la cola se ven las caras.
María de las Flores Pútridas esta paradita en una esquina, con los glúteos apretados de los nervios y vistiendo estricto negro, como vestía yo a los dieciocho, la última vez que me vio.
Esta es María diciendo “somos lo mismo”.
Llego tres horas tarde a nuestra cita y pienso: “Hola María, corderito de Dios, hace semanas que no tomo la medicación y me tiembla el cuerpo, se buena vos porque yo estoy mala”. Menudo día para andar con el puto mono a cuestas.
Me incomoda verla a la espera de cualquier coincidencia entre las dos. Esa locura constante de emularnos y diferenciarnos. Ese asco en la boca del estomago.
Finge estar tranquila, pero la ensiedad en su voz es evidente.
Habla, María habla. Vuelve a tener boca (demasiado gruesa), ojos (impestañados), nariz (pequeña), piel (oscura pero agradable) y esa ropa que no dice nada de ella porque no hay nada que decir. María de Las Flores Pútridas es de carne y hueso y habla. De hecho, habla sin parar, pregunta, explica, se excusa.
Para ponerla en evidencia nunca hizo falta más que dejarla hablar. Leer más »

